En el video que acabás de ver, (y si no, tenés que verlo), apreciaste el inicio de una historia de amor. Y, si sos como yo, quizás hubieras querido saber si la relación funcionaba, si se casaban, etc. El caso es que, después de ver la monotonía del joven en todas las áreas de su vida, y su anhelo de encontrar algo que lo cambiara, me sentí identificado, y creo que en algún momento de nuestras vidas, todos hemos sentido que necesitamos un rumbo, que debe haber algo que nos transforme y le de esperanza a nuestro mundo.
Podemos buscar este “algo” en nuestras relaciones interpersonales, en relaciones de noviazgo, en acumular posesiones, en viajar, en meditar, y en otras muchas cosas, y aún así puede que nuestros días sigan transcurriendo de la misma forma. Hay personas que en el silencio, muchas veces claman a gritos por amor, comprensión y hasta perdón.
Lo que cambió la vida de este joven, en el video, fue encontrar a alguien que estuviera interesado en el, aún sin conocerle. A alguien con quien poder compartir hasta las cosas más “sin sentido”. Eso logró que cada mañana hubiera un nuevo deseo de vivir, unas ganas de seguir adelante y estar expectantes a lo que sucederá después.
Dios es ese único “algo” que nos puede cambiar la vida. El único que, desde antes que nos preguntáramos por Él, Él ya estaba interesado en nosotros. Él es quien nos acompaña en medio de la adversidad, que nos da fuerza el día que sentimos que estamos solos y que no podremos seguir. Y aún mucho más trascendente, Él es único que ha dado a su Hijo en sacrificio por nosotros, para poder salvarnos. Probablemente tú pensés que no le necesitás, pero en el fondo de todo ser humano, siempre habrá una sed que solo Dios la puede saciar. Dios cambia vidas, lo ha hecho por siglos, y lo seguirá haciendo. La vida puede ser de colores, en medio de un día gris, puede estar llena de esperanza, en medio de un mundo en conflicto. A Dios es a quién tú buscás, no podés seguirlo negando. Y si ya le hemos conocido, no podemos dejar de compartir de Él a los muchos otros que navegan sin dirección, que a pesar de parecer exitosos, necesitan que Dios les trnasforme.
No está todo perdido. La vida no tiene porqué ser monótona. Dios puede cambiar vidas.
p.d. Gracias a Luis David por mostrarme este video.
Publicado por.
Francisco Javier Cáceres
Podemos buscar este “algo” en nuestras relaciones interpersonales, en relaciones de noviazgo, en acumular posesiones, en viajar, en meditar, y en otras muchas cosas, y aún así puede que nuestros días sigan transcurriendo de la misma forma. Hay personas que en el silencio, muchas veces claman a gritos por amor, comprensión y hasta perdón.
Lo que cambió la vida de este joven, en el video, fue encontrar a alguien que estuviera interesado en el, aún sin conocerle. A alguien con quien poder compartir hasta las cosas más “sin sentido”. Eso logró que cada mañana hubiera un nuevo deseo de vivir, unas ganas de seguir adelante y estar expectantes a lo que sucederá después.
Dios es ese único “algo” que nos puede cambiar la vida. El único que, desde antes que nos preguntáramos por Él, Él ya estaba interesado en nosotros. Él es quien nos acompaña en medio de la adversidad, que nos da fuerza el día que sentimos que estamos solos y que no podremos seguir. Y aún mucho más trascendente, Él es único que ha dado a su Hijo en sacrificio por nosotros, para poder salvarnos. Probablemente tú pensés que no le necesitás, pero en el fondo de todo ser humano, siempre habrá una sed que solo Dios la puede saciar. Dios cambia vidas, lo ha hecho por siglos, y lo seguirá haciendo. La vida puede ser de colores, en medio de un día gris, puede estar llena de esperanza, en medio de un mundo en conflicto. A Dios es a quién tú buscás, no podés seguirlo negando. Y si ya le hemos conocido, no podemos dejar de compartir de Él a los muchos otros que navegan sin dirección, que a pesar de parecer exitosos, necesitan que Dios les trnasforme.
No está todo perdido. La vida no tiene porqué ser monótona. Dios puede cambiar vidas.
p.d. Gracias a Luis David por mostrarme este video.
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Francisco Javier Cáceres
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